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Unidades anfibias y aerodeslizadores en inundaciones repentinas: ¿tiene sentido para un cuartel argentino?

Unidades anfibias y aerodeslizadores en inundaciones repentinas: ¿tiene sentido para un cuartel argentino?

El problema: agua que llega rápido y se va lento

La Plata en 2013 y Bahía Blanca en marzo de 2025 dejaron en claro que una inundación repentina no se parece a una crecida de río. En pocas horas cae lo que suele caer en un mes. Las calles se vuelven canales con corriente y aparecen zonas donde un autobomba no entra y un bote todavía no flota. Ahí es cuando alguien en el cuartel pregunta si no habría que tener un aerodeslizador o un anfibio. Vale la pena responder con datos y no a partir de un video de YouTube.

Qué dicen las normas

No hay una norma IRAM específica para vehículos anfibios de rescate ni para aerodeslizadores. El marco de referencia sale de normas internacionales:

  • NFPA 1670 / NFPA 2500: la 1670 definía los niveles de capacidad (Awareness, Operations, Technician) en rescate en agua, en inundaciones y sobre hielo. Hoy está integrada en NFPA 2500. Antes de comprar cualquier equipo, el cuartel tiene que saber en qué nivel opera.
  • NFPA 1006: fija las calificaciones profesionales del rescatista técnico, incluidos los capítulos de rescate en superficie de agua y en aguas rápidas (swiftwater).
  • EN ISO 12402-3 y 12402-5: regulan los chalecos salvavidas de 150 N y las ayudas a la flotación de 50 N. Para trabajo en corriente, el estándar de hecho es una ayuda a la flotación de rescate con arnés de liberación rápida.
  • Código HSC de la OMI: es la referencia de diseño para embarcaciones de sustentación dinámica, aunque los aerodeslizadores chicos de rescate suelen certificarse por normativa nacional del fabricante. En Argentina, todo lo que navegue tiene que consultarse con Prefectura Naval por matrícula y habilitación del conductor.

Aerodeslizadores: lo bueno y lo malo

Un aerodeslizador liviano de rescate, como los de Neoteric, Universal Hovercraft o Griffon en su gama chica, lleva entre 4 y 6 personas, con una carga útil de unos 450 a 700 kg. Usa motores de 60 a 130 HP y alcanza entre 50 y 70 km/h sobre agua quieta. Su gran ventaja es que pasa sin cambiar de vehículo por agua, barro, juncales, pasto inundado y hielo. Además, con 20 a 30 cm de colchón no le importa la profundidad.

Las limitaciones pesan bastante en un ambiente urbano:

  • No tiene frenos ni dirección fina. Se maneja derrapando. En una calle con autos, postes, cables y alambrados, eso es un riesgo serio.
  • Sufre las pendientes y el viento cruzado. Más de un 10 a 15 % de pendiente o una ráfaga fuerte complican la maniobra.
  • Le afectan los escombros flotantes. Ramas, chapas y residuos dañan la pollera.
  • Es ruidoso, con 85 a 95 dB en cabina. Obliga a usar protección auditiva y complica la comunicación con las víctimas.
  • Exige mucha capacitación. Un conductor competente necesita decenas de horas de práctica, y la pericia se pierde si no se entrena todo el año.

Un equipo nuevo cuesta, como orientación, entre USD 40.000 y 120.000, más repuestos importados de pollera y hélice.

Vehículos anfibios: ARGO, Sherp y similares

Los ATV anfibios 8x8 como el ARGO cargan alrededor de 450 kg en tierra y menos en agua. Flotan, pero en el agua avanzan a 3 a 5 km/h moviendo las ruedas, salvo que se les agregue un motor fuera de borda. El Sherp, con cubiertas de baja presión de unos 1,6 m, supera obstáculos de hasta 70 cm y anda a unos 6 km/h en el agua. Los dos son excelentes en bañados y en caminos rurales cortados, pero no sirven contra la corriente. Una calle inundada con agua a 2 o 3 m/s los arrastra igual que a un auto.

Un dato clave para cualquier operación: con apenas 15 cm de agua en movimiento se puede tumbar a una persona. Con 30 cm flota un auto, y con 60 cm el agua arrastra una camioneta. La corriente mata más que la profundidad.

¿Qué conviene para un cuartel típico?

Para la gran mayoría de los cuarteles voluntarios, la respuesta honesta es que no conviene empezar por ahí. Con el mismo presupuesto, este orden rinde mucho más:

  • Capacitación: formar al personal en nivel Operations y, en parte, en Technician de aguas rápidas según NFPA 1006, con prácticas anuales.
  • EPP adecuado: ayudas a la flotación de rescate, cascos de agua, trajes secos o de neoprene, cuchillo, silbato y bolsa de lanzamiento por rescatista.
  • Bote de fondo plano o semirrígido inflable (IRB) de 4 a 5 m con motor de 25 a 40 HP y protector de hélice o propulsión jet.
  • Un vehículo de alto despeje, tipo camión 4x4 con capacidad de vadeo de 80 a 120 cm, para trasladar gente y equipo hasta el borde del agua.
  • Planificación previa: mapear los puntos bajos, los arroyos entubados y las zonas que históricamente se anegan.

Cuándo sí tiene sentido

Un aerodeslizador o un anfibio se justifica en algunos escenarios concretos:

  • Zonas de bañados, lagunas y esteros, como el Litoral, la cuenca del Salado o el estuario de Bahía Blanca, donde hay rescates recurrentes en agua baja, barro o hielo.
  • Cuarteles que cubren grandes superficies rurales con anegamientos de semanas y poblaciones aisladas.
  • Equipamiento compartido a nivel de federación o región, con una dotación estable de operadores entrenados y mantenimiento centralizado.

En esos casos, conviene redactar una especificación técnica que exija carga útil mínima, consumo, disponibilidad de repuestos en el país, capacitación del fabricante y garantía. También hay que coordinar desde el principio con Defensa Civil y Prefectura.

Conclusión

El aerodeslizador es una herramienta muy buena en manos entrenadas y en el terreno adecuado. En una ciudad inundada con corriente, cables y escombros, en cambio, puede sumar víctimas. Primero vienen la capacitación, el EPP y un buen bote. Después se evalúa, con datos de los propios servicios, si el próximo paso es un anfibio o un aerodeslizador, idealmente compartido a nivel regional.

Foto: Misbahul Aulia / Unsplash